Otro que también lo flipa con Catpower. Y es verdad, cada día está más jamona...
Hace un mes o así habló de ella Quico Alsedo en su Rock & Blog, pego aquí por si a alguien le interesa:
14 de enero.- Podemos correr. El vacío corre más.
A veces nos creemos a salvo; es una ilusión.
Siempre está ahí, agazapado. Y un día viene y nos lleva.
Hace años entrevisté a Cat Power. Chan Marshall: la chica americana de canciones lánguidas, voz susurrada y sensibilidad a flor de piel. Aunque bastante conocida, entonces todavía no era imagen de Chanel o lo que sea. Sólo música: ella, su guitarra, su piano.
Era un día cualquiera por la mañana. Fui a buscarla al hotel, uno un poco triste cerca de Gran Vía, lleno de cosas doradas y tresillos granate. La llamaron a su habitación. Esperé abajo.
Apareció por las escaleras. Muy sonriente, nada guapa (por cierto) y como despistada. Cuando se acercó vi por qué: llevaba un puestazo importante. Eran las 12 del mediodía y la chica estaba bastante colocada.
Le dije: "Vamos a un bar de aquí al lado" mientras me entraba el ataque de tristeza.
Se empeñó en sentarse en un terraza al frío sol madrileño. La entrevista, por llamarlo de alguna forma, fue un desastre.
Bastante disparada, la mujer se levantó unas 15 veces a por sabe dios qué mientras yo, temblequeante, le formulaba ridículas preguntas que ella respondía en plan 'free jazz', sin dejar de sorber por la nariz.
En este loco baile, a "¿hay algo que valores más que tu libertad?" le podía corresponder "tomarme un buen baño". Es un ejemplo.
Mi desasosiego fue tal que, cuando a los 20 minutos apareció una amiga del séquito de Marshall y me rendí, ella me vio tal cara de pena que me dedicó un minuto de contraentrevista.
"¡Pero anímate, hombre! ¡Hay que pasarlo bien!", me decía, las pupilas como platos. Allí las dejé, probablemente buscando algún dealer.
Por la noche no mejoró -por la noche nunca mejora-.
Ella actuaba sola en una pequeña sala de todos sentados. Me acerqué con un arsenal de curiosidad. Conseguí colocarme al pie del escenario. Casi podía tocar la silla. Iba solo.
Salió bastante borracha, copa de tinto en mano, y se largó peor a los 25 minutos.
Enlazó un trozo de canción con otro, nunca un tema entero, hasta que en determinado momento tiró la guitarra al suelo, gruñó dos frases ininteligibles y se largó por entre el gentío. Puro vacío.
¿La entendía su público? ¿Quería ella contar realmente algo? ¿Tenía todo algún sentido?
Daba igual. El agujero era negro y ahí asomada se mecía Chan Marshall, en brazos de la destrucción.
Al menos, la nada nos iguala a todos en este áspero mundo.
En eso es la más limpia de las democracias.
En lo demás, la más sucia de las tiranías.
Parece que le da (o daba) bastante al asunto, esperemos que no se joda por el camino.
